Francisca camina lentamente por la playa, lleva sus sandalias colgando del hombro derecho. Siente sus pies enredarse en la arena, sumergirse en el frío y la humedad. Sus ojos color miel se adentraban en la negra noche, sin estrellas ni luna, dos de los elementos de la naturaleza más amados por ella. Susurraba palabras que el viento transportaba quizá a qué lugares, eran palabras que no se atrevería a decir a alguien ni a escribirlas por temor a que las reconociesen. Como recordando un rito se sonríe y comienza a desnudarse, deja su ropa sobre las rocas, a resguardo de las olas y de algún curioso, y finalmente, se lanza corriendo en busca de ese mar acariciador, siente las frías aguas como cuchillos en su cuerpo, cuchillos que en vez de herirla la acarician. El mar siempre logra contener sus desbordes de tristeza... llora y sus lágrimas se confunden con esas aguas salinas, nada hasta lo profundo, hasta que logra la magia del descanso, se suelta la tensión, por fin, libre... Parece tan simple, su ser confundido con aquel monstruo marino. Ya aplacada la tristeza, regresa a la orilla...
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