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El camino de regreso fue más corto. Ella caminaba con paso decidido hacia la cabaña. Las luces estaban apagadas, imaginó que Rodolfo se habría hecho cargo del grupo y que los habría llevado a festejar.
Conocía a ese hombre de sonrisa cálida. Sabía que él la amaba desde que se conocieron en aquel café donde él tocaba el saxofone. Aquel día, Francisca quedó prendada de su música. Él era apasionado y se entregaba por completo a cada nota, parecía una fusión hombre-instrumento, uno solo en un concierto maravilloso. Llevada por la sensualidad de la música, Francisca lo imaginó haciendo el amor con alguna musa de su imaginación. Era un hombre fuerte, inteligente, y por sobre todo, sensible. Ella sabía que él la había visto al entrar y que un algo especial se habían transmitido en aquella cálida mirada que se dieron, dos seres solos unidos por una oscura melodía. Cuando terminó de tocar se acercó a ella, como siempre, Francisca esta sola, su única compañía era su cigarrillo. Sin preguntarle nada se sentó a su lado y le dijo:
- Me llamo Rodolfo.
- Francisca... dijo ella. - Me gusta tu música, está impregnada de ti. Me gustaría que trabajáramos juntos alguna vez.
Él la miró sorprendido, fue allí por esa mujer y se encontraba con una cita de trabajo. Rodolfo la miró profundamente y le dijo:
- Tienes un hermoso mirar, tus ojos parecen unos atrapasueños oscuros y melancólicos.
- Soy escritora - dijo ella
Entonces, Rodolfo comprendió que aquella extraña mujer no iba en busca de una noche de amor, pero también supo que ella era capaz de oscuras profundidades.
Desde ese momento comenzaron a verse, Francisca le contó de su proyecto de teatro. No tenía dinero, sólo sueños. Ella era una atrapa-sueños.
Un día llegó exaltada al departamento que él arrendaba frente al Parque Bustamante. Cuando Rodolfo abrió la puerta, ella entró como un remolino, excitada, hablaba y reía al mismo tiempo. Él nunca la había visto así, ella era tan tranquila, recordó que al caminar parecía llevar su propio ritmo, un tempo que no era terrenal, y su voz profunda y cadenciosa era un sortilegio, como las notas que fluían de su saxofone, una hada exiliada en el mundo real.
De pronto comprendió que Francisca hablaba del proyecto de teatro en la Isla, no comprendía si se había ganado un concurso o se había encontrado con un mecenas renacentista, sólo atinó a contemplarla. Más que nunca, comprendió que su amor por ella era un imposible. Había algo en ella... quizá algo extrahumano, no lo sabía, pero era una distancia difícil de sortear.