llueve, mientras amanece en mis ojos lejanos.
Tomo un café amargo, mientras desenredo tu rostro del mío.
Mis lentes yacen trizados en el velador, junto a aquel libro que no terminaste de leerme.
Mis labios se han oscurecidos y sólo dibujan una mueca cínica;
el cinismo necesario para continuar velando tus recuerdos
del resto de la gente.
Tan sólo ayer leías y escribías para mí,
un ayer de abismos, de siglos.
Un abrazo ciego quedó tatuado en mi cuerpo.
Llueve y te has marchado.
Llueve y observo caer la lluvia desde mi ventana.
Tu recuerdo da voces por todos los rincones.
Aquí estoy.
Sola,
en silencio,
y sin una flor donde posar la mirada.
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