La muerte va descalza.
Con paso ágil y firme rodea el hoyo oscuro.
Una mujer se agita en su interior.
¿Por qué no llora? ¿Por qué no grita?
Sus manos están ensangrentadas, sus uñas entierradas.
Su sombra, furiosa, se separa de ella
La muerte lleva un vestido de lino blanco y asoma sus ojos de almendras.
La mujer se acurruca en su interior, sólo su sombra se mantiene en pie.
La mujer abre la boca en toda su amplitud, cruje la quijada, suelta el aire despavorido. No hay sonido.
Su cabello largo desgreñado.
La sombra salta, llama, grita, suplica...
La muerte huele a rosas.
Acerca su delicada mano a la vera del abismo.
La sombra de la mujer enmudece de espanto: No es a la muerte a quien ha llamado.
La mujer la reconoce y le sonríe estirando ambos brazos.
La muerte sabe a damasco maduro.
Levanta en vilo a la mujer.
La sombra se repliega en un rincón.
La mujer se va de la mano de la muerte como una amante sumisa.
La sombra se diluye en el mar de sombras del hoyo.
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