En las blancas paredes, colgaste unas fotografías de azul para mí... cielo, mar, glaciales.
Mientras mis ojos vagaban en la oscuridad de lo blanco, escuchaba tu canto azul desde la orilla de la cama.
Me hablabas incansablemente de la enorme chimenea que tendría la casa. Un fuego para derretir el hielo que la muerte había introducido en mis huesos.
Una tibia casa con alfombras de lana y enormes ventanales... No sé cuándo dejaste de hablar y comenzó el silencio... No sé cuál de los dos murió primero...
Pero estaba en una habitación grande, rebosante de seres sombríos. Con barrotes en las ventanas y en las palabras.
Por las noches, se escuchaban los gritos. Alguien estaba encerrada en una jaula y no sabía deletrear el arrullo de los pájaros.
No podía dormir y mis ojos pesaban arenosos. Me levantaba y mi boca sabía a desierto.
Caminaba por un largo pasillo con muchas puertas y todas cerradas. Caminaba hasta que las paredes impedían mis pasos. LLevaba los senos cargados de lágrimas. Mi leche era más amarga y salada que las aguas del mar.
En medio de la oscuridad susurraba tu nombre una y otra vez, como la palabra mágica que pudiese abrir alguna pared.
Y sin embargo, tu nombre llagado era incapaz de hacer de sortilegio para la libertad. Tu nombre era la presión que llevaba en las venas y que pugnaba por salir a borbotones.
Un abrazo gigante...
ResponderEliminarLo estoy esperando, jajajjaja. Un abrazo para ti también.
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